En el sur de Córdoba, la expansión del maní hacia zonas con suelos más arenosos intensificó el riesgo de erosión eólica después de cosecha cuando no se realizan tratamientos adecuados en la rotación. Frente a esa problemática, un equipo de Inta evaluó cómo los cultivos de cobertura pueden ayudar a proteger el suelo, sin comprometer la sustentabilidad en estos sistemas.
Las pruebas comenzaron en 2015 cuando el sector manisero entró en demanda. Estos trabajos, reúnen mediciones realizadas a lo largo de distintas campañas en diferentes zonas de Córdoba y San Luis.
Se llevan adelante en parcelas experimentales de una hectárea, donde se comparan cultivos, fechas y métodos de siembra, y se cuantifica el suelo perdido mediante colectores que capturan el material removido por el viento.
“Esa técnica nos permite transformar lo recolectado en toneladas de suelo por hectárea y evaluar la eficiencia de cada tratamiento”, explicó Manuel Vicondo, investigador de la EEA Inta Manfredi.
Entre las especies evaluadas, el centeno mostró el mejor desempeño, seguido por triticale y trigo. Vicondo señaló que el centeno combina rusticidad y velocidad de implantación, dos atributos clave para generar cobertura temprana. “Crece rápido y responde mejor en ambientes marginales”, resumió.
Como alternativa, destacó también el comportamiento del triticale, que mostró resultados intermedios.
En el caso del trigo, el manejo cambia respecto de un planteo comercial. Se utiliza con densidades menores, buscando alcanzar unas 100 plantas por metro cuadrado y llegar con cobertura suficiente antes de que llegue la época de vientos.
“El objetivo no es producir grano, sino alcanzar ese umbral del 30% de cobertura en el momento crítico”, explicó Marcela Genero, jefa de la agencia del Inta Huinca Renancó.
Los ensayos son desarrollados en red por equipos de Inta —con participación de la EEA Manfredi, la EEA San Luis y las agencias de extensión de General Cabrera, Huinca Renanco y Río Cuarto— junto con la Universidad Nacional de San Luis (UNSL), la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC) y la Fundación Maní Argentino.

El resultado lo define la fecha de siembra
Los ensayos también mostraron que la fecha y la forma de implantación son determinantes para alcanzar cobertura a tiempo y reducir la erosión.
Aunque la siembra postcosecha mostró mayor eficiencia de implantación, las estrategias al voleo, previas al arrancado, tendieron a lograr mejor control de la erosión, por el mayor desarrollo de biomasa asociado al adelanto en la fecha de siembra.
“Cuanto antes se siembre, mayor es la probabilidad de éxito”, resumió Vicondo, al señalar que las implantaciones tempranas coinciden con mejores condiciones de humedad y temperatura.
A medida que avanza el invierno, disminuye la probabilidad de implantación y las tasas de crecimiento.
Cuando el lote se desocupa temprano del cultivo estival, entre marzo y abril, la siembra en línea después de cosecha aparece como una alternativa viable.
Sin embargo, en lotes que se liberan tarde, retrasar la implantación puede comprometer la llegada a niveles adecuados de cobertura antes de los períodos de mayor erosividad.
“Buscamos llegar con al menos 30% de cobertura antes de que aparezcan los vientos erosivos. Si se retrasa la implantación, ese objetivo empieza a complicarse”, advirtió Mariela Monetti, jefa de la Agencia del Inta General Cabrera.
Anticipar la siembra también implica un equilibrio a manejar: “cuanto mayor es el tiempo entre arrancado y cosecha, puede aumentar el riesgo de afectar la cosecha del maní, y posiblemente se vea comprometida la calidad del grano”, agregó Sebastián Muñoz, jefe de la Agencia del Inta de Río Cuarto.
En cuanto al manejo, se recomienda sembrar entre 15 y 40 kilos de centeno por hectárea, según la variedad, para asegurar como objetivo unas 100 plantas por metro cuadrado.
En síembras al voleo o aéreas, conviene aumentar un 20% la cantidad de semilla para compensar pérdidas en implantación.
Otro aspecto central es la terminación del cultivo. El secado debe realizarse antes de la encañazón para evitar consumo extra de agua y conservar humedad para el cultivo siguiente. Esa decisión se define en función de la humedad del suelo, la probabilidad de precipitaciones que permitan recargar el perfil y la fecha en la que se alcanza ese estadio.
Si el cultivo no alcanza la encañazón, las precipitaciones son escasas y el calendario avanza más allá de mediados de septiembre, conviene interrumpir su desarrollo para conservar el potencial de rendimiento del cultivo siguiente.

Otros aportes de este ensayo
Aunque el objetivo inicial de los ensayos fue reducir la erosión eólica, el trabajo también permitió identificar otros aportes de los cultivos de cobertura dentro del sistema.
Vicondo explicó que el 30% de cobertura buscado para controlar la erosión apunta a aumentar la rugosidad superficial del suelo, reducir la velocidad del viento a nivel del lote y limitar el movimiento de partículas.
“Los ensayos también reportaron una menor presencia de malezas luego de incorporar cultivos de cobertura, además de aportes de carbono y una disminución de pérdidas de nutrientes en el sedimento, como el fósforo”, dijo Juan Cruz Colazo, investigador de la EEA del Inta San Luis.
El investigador remarcó que no todos los cultivos de cobertura ofrecen los mismos servicios ni responden igual en todos los ambientes, por lo que su elección debe ajustarse según el objetivo buscado dentro de cada sistema.
Como cierre, explicaron que el 30% de cobertura permite controlar la erosión, pero cuando ese valor supera el 60 o 70%, deja de ser solo una cobertura para pasar a funcionar como un verdadero cultivo de servicios, con más desarrollo radicular, aporte de materia orgánica, mejoras en el funcionamiento del suelo y mayor supresión de malezas.
Fuente: La Voz




















