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El desafío de extender la vida útil del maní: qué rol juegan los bioestimulantes

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José Gamba, docente de la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la Universidad Nacional de Córdoba, explicó cómo el perfil de ácidos grasos del maní determina su estabilidad y vida útil, y qué impacto pueden tener los productos biológicos sobre la calidad del grano.


Entre la cosecha y el momento en que el maní llega a su destino final pueden transcurrir entre seis y ocho meses. En ese período, el grano atraviesa distintas condiciones de almacenamiento, transporte y ambiente que pueden afectar su calidad. Por eso, para José Gamba, docente de la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la Universidad Nacional de Córdoba, uno de los aspectos centrales es trabajar sobre la estabilidad de los ácidos grasos.

“Nosotros arrancamos alrededor de abril-mayo, cosechamos hasta junio y el maní llega a su destino final en diciembre o enero. Pasaron entre seis y ocho meses desde que lo arrancamos”, explicó Gamba.

Ese período de tiempo hace que la llamada vida útil o vida en góndola sea un atributo clave para la cadena manicera. Y allí aparece un protagonista central: el ácido oleico.

Oleico y linoleico: la clave de la estabilidad

Según explicó el especialista, la estabilidad del maní está fuertemente relacionada con su perfil de ácidos grasos, particularmente con la proporción entre ácido oleico y ácido linoleico.

El mejoramiento genético permitió desarrollar materiales con una elevada proporción de ácido oleico, que puede ubicarse aproximadamente entre el 70 y el 78%, mientras que el linoleico se encuentra en torno al 7,5%. “Esto evita que el maní se enrancie”, señaló Gamba.

El objetivo de determinadas estrategias de manejo es profundizar todavía más esa característica: incrementar el contenido de oleico y reducir el linoleico, ya que este último está asociado con una mayor susceptibilidad al enranciamiento.

En ese punto, los bioestimulantes aparecen como una herramienta que, de acuerdo con los ensayos presentados por el investigador, puede contribuir a modificar el perfil de ácidos grasos del grano.

“Con estos productos que nosotros decimos biológicos, bioestimulantes, lo que hacemos es que eso siga subiendo: que se modifique el perfil de ácidos grasos, suba el oleico y baje el linoleico”, explicó.

No todos los aminoácidos son iguales

Sin embargo, Gamba puso el foco en una cuestión que considera fundamental: conocer exactamente qué contiene cada producto biológico y cómo fue obtenido. “Cuando uno habla de un biológico, habla en un espectro general. Pero hay que saber qué se utiliza”, remarcó.

En el caso de los productos evaluados en sus ensayos, el trabajo estuvo centrado en formulaciones a base de aminoácidos. Pero, según explicó, no alcanza con conocer simplemente ese componente: también es necesario saber cómo fueron obtenidos. “No es lo mismo obtener aminoácidos con una hidrólisis química que con una hidrólisis enzimática”, señaló.

La diferencia está vinculada con la estructura de los aminoácidos y su capacidad de ser utilizados posteriormente por la planta. Gamba destacó particularmente el rol de los L-alfa aminoácidos, que pueden participar en la síntesis de proteínas. “Esas son las cosas que nosotros llamamos hilar fino: empezar a ver qué es y por qué se produce”, sostuvo.

De los aminoácidos al perfil de ácidos grasos

La explicación del investigador apunta a comprender el mecanismo detrás de los resultados y no solamente a observar si un tratamiento genera o no una diferencia. “Cuando vos aumentás los aminoácidos, las uniones carbonadas que tienen sirven para aumentar la cantidad de ácidos grasos que se sintetizan”, explicó.

Por eso, el desafío para la investigación consiste en determinar qué productos, qué formulaciones y bajo qué condiciones pueden generar cambios concretos en la composición del grano. En este sentido, Gamba destacó el rol de la Universidad Nacional de Córdoba como ámbito de evaluación independiente. “Al ser una entidad pública, nosotros tratamos siempre de tener un abanico amplio y darle lugar a todos”, explicó.

La metodología, según detalló, busca analizar cada producto, conocer su composición y determinar qué ocurre efectivamente cuando es aplicado al cultivo. “¿Cuál es? ¿Cómo está compuesto? ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué es lo que hace? Para que realmente podamos sacar conclusiones y ser totalmente objetivos”, planteó.

Y fue contundente respecto de los resultados: “Si el producto funciona, se dice; y si no funciona, no funciona”.

Un cultivo particular que exige mirar más allá del rendimiento

Gamba también destacó que el maní presenta características productivas que lo diferencian de otros cultivos. “Es un cultivo muy particular. Primero que uno no lo cosecha cuando se cumplió el ciclo: lo arrancamos verde”, explicó.

Además, se trata de un cultivo de crecimiento indeterminado, que continúa produciendo flores y frutos durante buena parte de su ciclo. Por eso, los efectos de determinadas tecnologías no necesariamente se expresan en saltos de rendimiento tan visibles como ocurre en otros cultivos.

“Algo que mejore un 1, 10 o 15% a lo mejor no es tan llamativo como en maíz obtener 120 quintales con urea”, comparó. En el caso del maní, entonces, el análisis debe incorporar otros atributos: calidad, composición, estabilidad y vida útil, además del rendimiento.

El desafío: demostrar el beneficio y hacer viable la tecnología

Para Gamba, el desarrollo de los productos biológicos requiere también un proceso de difusión y formación que permita comprender cuáles son sus verdaderos beneficios. “Lo que tenemos que hacer es docencia, explicando cuáles son esos beneficios”, sostuvo.

Pero existe otro componente indispensable para que estas tecnologías puedan incorporarse masivamente: el costo. “Después obviamente que se ponga a tono el precio del biológico para poder utilizarlo”, señaló.

En definitiva, la ecuación que plantea el investigador combina evidencia científica, resultados productivos y económicos. La herramienta debe demostrar qué hace, en qué condiciones funciona y qué beneficio concreto genera, pero también debe alcanzar un costo que permita su adopción.

Para una cadena como la del maní, donde pueden pasar varios meses entre el arrancado y el consumo final, trabajar sobre la estabilidad del grano puede representar una oportunidad para seguir agregando valor y sostener la calidad del producto argentino a lo largo de toda la cadena.

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